¿Me vende usted sesenta mil computadoras?

Es una magnífica ironía que los soviéticos estén intentando adquirir sesenta mil

PC en el mercado norteamericano. Durante setenta años PC han sido las siglas

de Partido Comunista y sinónimo de Moscú. Pero desde hace cinco sólo quieren

decir Personal Computer y no recuerdan otra cosa que IBM o APPLE.

Y éste es sólo el aspecto simbólico de la humillación. Lo sustancial es que

la URSS también ha perdido el tren de la informática, con todo la que eso

significa para la acumulación, transmisión y modificación de los conocimientos.

La computadora es mucho más que una máquina útil, y la cibernética es mucho

más que una disciplina nueva, como en su momento pudieran ser la radiología

o la física atómica. La informática es un increíble acelerador de avances

tecnológicos sólo comparable a lo que supuso la aparición del alfabeto hace

unos cuantos millares de años. El desarrollo y uso extensivo e intensivo de estas

herramientas por la casi totalidad de la población juvenil y adulta de los

Estados Unidos significa una prolongación de la hegemonía intelectual,

científica y técnica de ese país sobre el resto del planeta, y una apertura aún más

profunda de la brecha tecnológica que separa a Occidente de los países del Este

socialista.

Por eso es que Moscú, desesperadamente, ha salido a comprar sesenta

mil computadoras. Y no es que no sea capaz de copiarlas. Desde fines del siglo

XVIII, cuando Pedro I se apoderó de la tecnología naval europea, la sociedad

rusa ha mostrado una habilidad para reproducir objetos casi tan asombrosa

como su inhabilidad para crearlos.

Por supuesto que los soviéticos tienen el know-how. De lo que no

disponen es de tiempo. En el Kremlin se han dado cuenta de que cada hora

transcurrida al margen de la civilización de la informática es una distancia

mayor del liderazgo planetario. Y esa distancia puede hacerse absolutamente

insalvable en el plazo de una generación, no sólo por el desarrollo de nuevas

computadoras, sino por la incidencia de estos artefactos en todos los campos del

comportamiento humano. Se cosecha, se pesca, se ordeña, se navega, se fabrica,

se sana y -por supuesto- se mata y se guerrea con mucha mayor eficacia si se

tiene acceso a las computadoras. Y mientras más haya, y mientras más gentes

sean capaces de utilizarlas -exactamente como ocurrió con el alfabeto- más

vertiginosos serán los cambios en dirección de la abundancia y el progreso. La

quinta generación de computadoras engendrará la vigésima de energía nuclear

o de cohetería o de máquinas fotocopiadoras y así hasta el infinito.

Esas sesenta mil computadoras nerviosamente ordenadas por el Kremlin,

iban destinadas a otros tantos personajes de la nomenklatura política y científica

del país, de manera que no perdieran el escaso y precioso tiempo de que la

URSS cree disponer para poner en marcha su hoy temblorosa industria de

informática y para familiarizar a toda prisa a la estructura de poder con un

aparato que revoluciona la sociedad con mucha mayor fuerza e intensidad que

los sangrientos tiroteos del 1917. Pero la URSS, por la torpeza de su sistema

centralizado y por la rigidez de su burocracia, demorará veinte años en

incorporarse a la era informática, como le ocurrió con los teléfonos, los

automóviles o los televisores, porque lo trágico de la otra gran potencia, no

radica exclusivamente en su esterilidad técnica y científica sino en su soñolienta

parsimonia. Sólo que ahora la incapacidad para asimilar los avances

tecnológicos al ritmo adecuado puede relegar al país a una inferior categoría.

No sería la primera vez que esto ocurriera. Turquía y España padecieron el

mismo fenómeno a partir del siglo XVI.

Este episodio -como el de la energía nuclear, los antibióticos o la

navegación a chorro-

es ejemplar: la URSS no existe como modelo de sociedad

más allá de la fantasía de los pobres comunistas, criaturas divorciadas de la

realidad donde las haya, y habitantes de un imaginario universo ideológico sin

otra consistencia que la saliva y la tinta impresa. El país más grande de la tierra,

con casi trescientos millones de habitantes, vive a remolque de los hallazgos

técnicos y científicos de Occidente. Moscú es una colonia intelectual de

Washington y del resto de los centros creativos europeos o japoneses. Es en los

laboratorios y en las universidades occidentales en donde se decide el perfil y el

sentido de la sociedad soviética, aunque los comisarios, entretenidos con la

redacción de las chácharas marxistas y con el infinito modelaje de bustos de

Lenín, lo ignoren por completo. Si una catástrofe natural borrara del mapa a los

Estados Unidos, la URSS quedaría súbitamente descentrada.

Y ésta es una reflexión de la que tampoco deberían evadirse los

despistados aspirantes a epígonos de Moscú: es imposible ser epígono de la

URSS. La Unión Soviética es una copia torpe, tardía y remota de Occidente.

Ponerse bajo la tutela soviética no es escapar de New York, Tokio, Londres o

Berlín, sino es filtrar esas influencias a través del cedazo soviético, y acabar

adquiriendo la computadora treinta años más tarde. La URSS -para quien no le

repugne el palo y el tientetieso-

puede ser un modelo de organización policíaca,

un excelente invento para sostenerse en el poder mediante el uso del terror,

pero jamás podrá ser un modelo general de sociedad, simplemente porque esa

nación importa de Occidente, y en especial de los Estados Unidos,

absolutamente todas 1as tendencias que gobiernan los movimientos de su

sociedad.

Occidente ha arrastrado a la URSS a todas las revoluciones serias y

trascendentales de la época moderna. Desde la era nuclear a la ingeniería

genética, pasando por la biomédica. Ahora, sencillamente, le tocó el turno a la

revolución de la informática. Mañana será otra cosa, pero siempre, mientras no

se modifique ese arcaico sistema, engendrador del carácter subsidiario de la

sociedad soviética. Siempre habrá un aparatchik sudoroso y apresurado

comprando 60.000 artefactos del último engendro occidental. Como diría Marx,

es una ley natural de la Historia. Algo contra lo que es inútil luchar.

10-3-1985

2

Marx y el dedo en la estadística

El profesor James I. Payne ha puesto el dedo en la estadística, que es donde más

duele: las 34 sociedades de orientación marxista que existen en el planeta

cuentan con un promedio de 13.3 militares por millar de azorados habitantes,

mientras que los 109 países regidos por economías de mercado sólo tienen 6.1

hombres sobre las armas.

Marx nunca pudo suponer que de sus animadas chácharas con Engels

fueran a salir países infectados de guardias, pero eso es exactamente lo que ha

Ocurrido. Los 8 países comunistas de Europa reclutan 13.8 soldados por cada

mil habitantes, mientras los 17 no marxistas se conforman con 7.6. En Africa,

que es un continente pobre y hambreado, se reduce el porcentaje de soldados en

ambos bandos ideológicos, pero se mantiene la proporción: los nueve estados

de inclinación marxista sostienen 5.9, pero los 31 países más o menos

capitalistas se conforman con 2. l . Etiopía -por ejemplo-, en tiempos de Haile

Selassie, sólo contaba con 1.8, pero tras el golpe militar de Mengistu el número

se ha elevado a 8.2.

Se podría alegar que tras la caída del León de Judea --como se hacía

llamar aquel estrafalario emperador- se agravaron los conflictos secesionistas y

separatistas, pero ese argumento es poco sólido. A Mongolia no la va a atacar

nadie y ahí están, haciendo guardia, inútilmente, 21.2 mongoles por cada millar

de habitantes. El asunto es más grave y perverso: según todos los síntomas, las

sociedades comunistas inducen y cultivan valores que generan actitudes

militaristas. De la rigidez del dogma, de la obligada obediencia y de la

organización vertical de la autoridad no es extraño que se deriven multitudes

de ciudadanos uniformados. Las fuerzas armadas, además, son una fuente de

privilegios. Mientras que en las sociedades capitalistas entra en el ejército el que

no puede hacer otra cosa, en las sociedades comunistas se mete a soldado el que

quiere vivir mejor que el resto de la población. En cierto sentido las fuerzas

armadas de las sociedades marxistas cumplen una función parecida a la de los

ejércitos medievales, más o menos como los partidos comunistas de hoy

equivalen al clero de la etapa feudal. Son sitios con techo y comida seguros. Son

vías de acceso al poder y al botín del Estado.

No es verdad que las sociedades comunistas tengan muchos militares

porque sufren muchos peligros. Vietnam tiene hoy menos peligro que hace diez

años, cuando estaba en medio de una guerra, pero en ese periodo ha duplicado

sus fuerzas armadas, y ha pasado a tener el cuarto ejército del mundo, con un

millón trescientos mil hombres detrás de los fusiles. La Granada de Bishop, en

un par de años, pasó de tener unos cuantos policías a contar con más soldados

que todas las islas juntas del Caribe inglés.

Lo primero que comenzó a construir el sandinismo fue un gran ejército.

Antes de que hubiera contras y cuando los Estados Unidos, en dos años, le

otorgaban a Managua 119 millones de dólares, es decir, más créditos y

préstamos que los que le dieron a Somoza en cuatro décadas de dictadura. Al

caer Somoza, su Guardia Nacional contaba con siete mil hombres. Los

sandinistas han levantado un ejército de 75.000 y proyectaban llegar a 200.000,

esto es, a ese aproximado l0% de la población en que se sitúa el límite de

fuerzas armadas que una sociedad puede tolerar sin que se produzca el total

caos económico. Es cierto que los sandinistas tienen que enfrentarse a las

guerrillas campesinas, y para ese aparente fin -por ahora- han reclutado a 27.8

por cada mil nicaragüenses, pero los salvadoreños también padecen esa

calamidad y sólo emplean a 5.4, los guatemaltecos a 2.2 y los colombianos a 2.6.

No, no son las agresiones ni las amenazas. Es la naturaleza del sistema. y

donde resulta más evidente es cuando los mismos pueblos se organizan de

diferente manera. Corea del Norte cuenta con 38 soldados por cada millar de

habitantes; Corea del Sur sólo tiene 14.7. Yemen del Sur-comunista-12.5; Yemen

del Norte, 3.9; Alemania comunista, 14; y la República Federal Alemana, 7.8.

Y ni siquiera es válido pensar que tantos soldados son necesarios para

mantener la dictadura. Batista tenia 19.000 hombres sobre las armas. Castro

tiene 230.000. El régimen sudafricano, pese a la monstruosa desproporción

numérica entre blancos y negros, controla su enorme territorio con un pequeño

ejército de 70.000 hombres, o lo que es lo mismo, 2.3 por millar de habitantes.

Pero, además, el poder en los regímenes comunistas no descansa en las fuerzas

armadas, sino en la policía política. La represión, en esas sociedades, es cosa de

las respectivas K GB.

A Marx, claro, aunque aficionado a las matemáticas, no le hubiera

gustado leer estas estadísticas, pero amar la realidad impone ciertas

servidumbres. Como admitir -por ejemplo- esta devastadora información.

25-4-1985

12

3

Centroamérica: un test para Gorbachov

Bien por Reagan. Ha vencido la repugnancia de la diplomacia norteamericana a

negociar simultáneamente asuntos de diferente entidad. Y eso, exactamente, es

lo que había que hacer: servir en el mismo plato la Guerra de las Galaxias, la

cohetería de cualquier pelaje, las fuerzas convencionales, Angola, Afganistán,

Nicaragua, Castro, Gaddafi, Arafat, y el resto de los locos que andan sueltos por

el planeta.

Porque el rompecabezas que -¡ay! pueden ser las nuestras- se forma con

todas estas piezas. Es cierto que el gran peligro de destrucci6n de nuestra

civilización proviene de los enormes arsenales nucleares, pero no es menos

cierto que los conflictos regionales son los probables detonadores de esa

conflagraci6n que todos temen como al diablo. Esto se vio claramente en Cuba,

en 1962, y se ha visto un par de veces, en el Medio Oriente, en medio de las

batallas de árabes e israelíes.

Por eso los acuerdos tienen que ser globales. De muy poco vale reducir el

número de veces que las bombas pueden matarnos, si no alejamos las causas

por las que una de las dos superpotencias -o las dos- sientan la justificaci6n para

apretar el bot6n y liquidarnos esa sola, única e irrevocable vez que se requiere

para que abandonemos este querido y a veces confortable valle de lágrimas.

Y hay algunas probabilidades de llegar a un acuerdo. Es posible que hoy

la URSS, por primera vez, se dé cuenta que debe elegir entre el desarrollo

tecnol6gico y los cañones. Moscú invierte entre un 16 y un 20 por cien de su

producto nacional bruto en ser un temible y amenazante monstruo bíblico,

condenado, sin embargo, a comprar en el mercado capitalista cuarenta mil

computadoras personales porque su industria es incapaz de fabricarlas.

Nótese que no se trata de seleccionar entre la mantequilla y los cañones.

Históricamente, siempre que ésa ha sido la alternativa, el Comité Central -o el

amo de turno, la vanguardia de un solo hombre- ha optado por los cañones.

Ahora lo que puede estar en juego es el creciente atraso relativo de los

soviéticos ante la explosi6n de creatividad técnica y científica que está

ocurriendo en los Estados Unidos. Ahora hay que elegir entre chips y cañones.

Y a lo mejor resulta que Gorbachov, que es un leninista en cuerpo y alma,

ha llegado a la conclusión revolucionaria de que para salvar el liderazgo de la

patria de los trabajadores es necesario reducir a la mitad los gastos militares e

invertir la diferencia en Investigaci6n y Desarrollo, para lo cual se requiere como

en los monólogos de Gila- la amable complicidad del enemigo.

Por su parte, el gobierno de Reagan también tiene buenas razones para

buscar un pacto con los soviéticos... siempre y cuando se negocien los conflictos

regionales, porque para los Estados Unidos es más fácil afrontar el gasto

billonario de la Guerra de las Galaxias y movilizar en esa dirección a miles de

privilegiados cerebros, que sostener 56 sargentos como asesores militares en El

Salvador. Entre el Congreso, el Post y el Times, las Iglesias, el fantasma de

Vietnam, la tradici6n aislacionista y la tierna y generalizada visión liberal de los

conflictos del Tercer Mundo, el poder ejecutivo norteamericano tiene las manos

atadas para enfrentarse a sus adversarios del bloque comunista.

De lo que se trata, entonces, es de que ambas partes cedan en lo que son

más poderosas. No es descabellado que los Estados Unidos reduzcan

sustancialmente la presión de una carrera armamentista demasiado costosa

para el bolsillo soviético, a cambio de la renuncia de Moscú a participar

directamente o indirectamente en los esfuerzos violentos que realizan los

comunistas por ocupar el poder en diferentes regiones del planeta.

Y Centroamérica pudiera ser un buen primer test para conocer las reales

intenciones soviéticas. Moscú debe entender que es muy difícil que los Estados

Unidos no se sientan acosados y amenazados si en su frontera sur, en

Nicaragua, se consolida un régimen calcado del cubano, y si en El Salvador las

guerrillas comunistas continúan poniendo en jaque al frágil gobierno de

Napoleón Duarte. Y a Moscú le tomaría sesenta días desactivar discretamente

ambos conflictos. Bastarían unos leves movimientos de las cuerdas para que en

Nicaragua los hermanos Ortega se vieran obligados a buscar una solución

pacífica con la oposición y para que las guerrillas salvadoreñas depusieran sus

armas y entraran al juego electoral que les ofrece el gobierno de Duarte.

No sería la primera vez que esto ocurriera. Durante la Segunda Guerra

Mundial, cuando la URSS se vio en peligro por el ataque de Hitler, el aliado de

la víspera, dio la orden a los partidos comunistas de Occidente para que

colaboraran con las democracias burguesas. Mágicamente, a las cuarenta y ocho

horas, los comunistas del mundo entero eran pronortearnericanos y entendían

las virtudes del capitalismo. Es posible que hoy la URSS perciba su desfase

tecnológico y científico como un riesgo a su supervivencia parecido al que en su

día provocaron las divisiones Panzer. Si esta hipótesis no resulta descabellada, a

lo mejor vivimos en sosiego lo que queda de siglo. Bien por Reagan.

10-11-1985

4

Raisa y los expertos en imagen

Raisa Gorbachov está a punto de aparecer en la portada de Hola junto a

Carolina de Mónaco y a la ubicua señora Presley. Eso está bien. Es otro signo de

occidentalización. La estética -y la ética- de Occidente comienzan en Foreign

Affair", y terminan en Hola. No bastaba con que Occidente arrastrara a la URSS

por la senda de las computadoras o de la ingeniería genética. La

transculturación de los soviéticos --es decir, la adopción de las tendencias,

rasgos y valores de otra cultura- algún día tenía que pasar por Madison Avenue

y por los fabricantes de imágenes.

Y en eso estamos. Ahora, en la comitiva de Gorbachov, junto al coronel

de pescuezo afeitado del K GB y al aterrorizado taquígrafo de Pravda, viaja

también un especialista en imagen. Un experto que le dice cómo vestirse y qué

debe decir al hombre que a su vez le dice eso mismo a 250 milloncs de

soviéticos.

-¿Qué perfil tengo mejor, camarada?

-Me da miedo decirlo, señor, pero es el derecho.

Y luego Raisa. Los soviéticos deben haberse apoderado del microfilm que

explica cómo y por qué la imagen de los estadistas incluye a la santa esposa. Es

más fácil confiar en las buenas intenciones de un político que tiene una mujer

atractiva y unos hijos presentables. O en quien exhibe a la tribu doméstica con

orgullo.

Brezhnev, por ejemplo, siempre se hizo sospechoso por lo poco que

sacaba a pasear a su consorte. Se llegó a pensar que estaba casado con un

disidente ucraniano. O con una señora muy gorda que no cabía por la puerta

del Kremlin. Cualquier cosa. O tal vez -sencillamente- no le había llegado su

turno a los expertos en imagen.

En todo caso, para Gorbachov ha sido una bendición tener una mujer

bien parecida, simpática y con gustos burgueses. Y, curiosamente, es esto

último lo que hace atractiva a Raisa en Occidente. Su pasión por las pieles, su

elegancia, su castigada tarjeta de crédito. Inconscientemente se piensa que la

gente disfrazada por Pierre Cardin es menos peligrosa. Puede ser. Los seres

frugales y excesivamente sencillos son más propensos a sacrificarse o a exigir

sacrificios. Es posible que una cierta dosis de sensualismo contribuya a calmar

los ánimos. Como principio general siempre los espartanos serán más

peligrosos que los atenienses. Nunca podremos saber en qué medida

Gorbachov es un hombre más pacífico y sensato gracias al Chanel que su mujer

se instala en cl cogote o a esos diminutos panties negros que le manda de París

la pícara señora dc un embajador soviético. Todo eso influye. No importa que

los politólogos no puedan tenerlo en cuenta. El sentido común indica que

sensualizar al adversario es una forma dc apaciguarlo. Fue una dicha ver en

Ginebra a Reagan y a Gorbachov departiendo con sus mujeres como Bob, Carol,

Ted y Alice. Es bueno para la paz que quienes puedan hacer la guerra

desarrollen unas relaciones amistosas.

Bizancio --el más prolongado imperio que ha conocido Occidente-

mantenía la paz --o la guerra-- urdiendo una trama de relaciones personales. Y

llegaron a institucionalizar un eficaz mecanismo disuasorio: los rehenes dc oro.

Enviaban al tcrritorio hostil a cientos de jóvenes emparentados con la

aristocracia. Y recibían del adversario un número igual de muchachos

provenientes del poder enemigo. A partir de ese momento los dos bandos

sabían que en caso de guerra las primeras víctimas serían los hijos dc los jefes.

Se dice que en época de Carter alguien trató de revivir la institución, pero

fracasó la maniobra. Brezhnev, jubiloso, propuso mandar a su mujer. Carter

anotó enseguida a su hermano. Hubiera habido guerra.

10 diciembre 1985

5

La visión yanqui de Gorbachov

Los kremlinólogos americanos están decepcionados. Han descubierto que

Gorbachov cree seriamente que Estados Unidos es una nación controlada por

un pequeño círculo de capitalistas, en la que los pobres y las minorías son

cruelmente explotadas en beneficio de una clase dominante orientada

ideológicamente por la Peritaje Foundation.

Los sovietólogos gringos no entienden cómo un líder inteligente y

dinámico que viaja frecuentemente al extranjero puede tener una visión tan

esquemática y falsa de la sociedad norteamericana y de sus mecanismos de

toma de decisiones. Tampoco se explican qué imagen estadounidense han

transmitido a Moscú Gromiko y Dobrinin tras varias décadas de residencia en

Washington y New York. Los expertos norteamericanos, en fin, esperaban a un

premier soviético bien informado, razonablemente objetivo, y Gorbachov los ha

decepcionado.

A mí, en cambio, quienes me han decepcionado son los sovietólogos

norteamericanos. Porque después de casi sesenta años de estudiar

minuciosamente a los inquilinos del Kremlin, no acaban de entender cl papel

distorsionador de la ideología en la percepción de la realidad. Gorbachov tiene

que creer que Estados Unidos es una sociedad violenta, enferma, plagada de

desigualdades y en la que milagrosamente sobreviven los desempleados y los

negros, porque de esa percepción depende su liderazgo. Gorbachov --como

antes Brezhnev, Khrushchev, Stalin y Lenin- tiene que ser y proclamarse

marxista, tiene que recurrir a todos los clisés, porque cualquier desviación de la

ortodoxia y del catecismo más elemental, sería automáticamente utilizada en su

contra por sus enemigos en la cúspide dcl poder soviético. La curiosidad, la

objetividad y la búsqueda de la verdad son pasiones que en la URSS conducen a

la Lubianka. La urgencia norteamericana por balancear cualquier opinión con la

otra cara de la moneda, es una actitud absolutamente extraña en un sistema

forjado en torno a la presunción de que los iluminados apóstoles de la secta ya

han encontrado la verdad absoluta y eterna que gobierna el comportamiento de

los hombres. Lo único que le es dable al líder soviético –y a cualquier criatura

ambiciosa inmersa en una sociedad totalitaria basada en dogmas irrebatibles- es

buscar a toda costa la confirmación de la ortodoxia. Ahí radica la fuerza.

Por eso tiene una mínima importancia que Gromiko llevara tres décadas

residiendo en New York o Dobrinin más de veinte años de permanencia en

Washington. Cuando uno y otro se asomaban a sus ventanas sólo podían ver

ghettos negros hundiéndose en la miseria y banqueros voraces acumulando

millones a costa de la carrera armamentista. Si veían y trasmitían otra imagen

sus brillantes carreras se hubieran puesto en peligro, porque ninguno de los dos

fue asignado a su cargo para desmentir la visión oficial de la realidad

norteamericana, sino para ratificarla.

Esto tampoco debe interpretarse como que Gromiko, Dobrinin o

Gorbachov son unos abominables cínicos que solo dicen lo que les conviene.

Eso sería demasiado simple. Lo verdaderamente impresionante de los

mecanismos síquicos que rigen los estados totalitarios es que quienes suscriben

el dogma sólo toman de la realidad los aspectos que verifican sus creencias,

ignorando cualquier evidencia contradictoria con el cómodo expediente de

calificarla como una pasajera-excepción – a la- regla- inmutable .

Si Gorbachov fuera capaz de un juicio objetivo sobre la naturaleza de la

sociedad norteamericana, sobre el papel real del capital y de los sindicatos,

sobre la fluidez de los grupos sociales, sobre la forma en que los diferentes

grupos negocian sus intereses, sobre la increíble permeabilidad del cuerpo

legislativo, sobre la distribución de los ingresos, sobre la complejísima trama de

acciones, creencias y actitudes que determinan las tendencias dominantes en ese

país, no sería Gorbachov el Premier de todas las Rusias. Sería otro triste y

abrumado disidente, conocedor de unos secretos demasiado peligrosos en los

tiempos que corren.

17 diciembre 1985

6

Gorbachov no podrá controlar la corrupción

Parece que el señor Gorbachov va a emprenderla contra la corrupción y los

privilegios de la jerarquía soviética. Se ve que es un muchacho joven e idealista.

No está muy claro si le va a quitar a Raisa la tarjeta de American Express y el

reloj Cartier que rebañó en París, pero no hay duda de que por ahí van los tiros.

Hasta ahora todo lo que se sabe es que Pravda publicó la airada carta de

un lector que protestaba contra el hecho de que la nomenklatura compraba en

tiendas especiales, se curaba en clínicas diferentes, tenía acceso a mejores

diversiones, a automóviles y a cachivaches electrónicos occidentales. Y todo

esto, sin necesidad de pasarse la mitad de la vida en una cola lenta e infinita

como las novelas de Carlos Fuentes. Y se supone, claro, que la carta la escribió

el propio Gorbachov, o un miembro de la jefatura, porque publicar cartas en

Pravda es también un privilegio exclusivo de la casta dominante. aunque no lo

reflejen los papeles del misterioso denunciante.

El señor Gorbachov, si es sincero, se ha metido en camisa de once varas.

Como sabe cualquier estudiante de marxismo, las clases dirigentes defienden

sus intereses con uñas y dientes, conducta que explica los estallidos

revolucionarios. De manera que si el flamante Premier quiere lograr un mundo

más justo, va a tener que tomar su propio Palacio de Invierno y dar la orden de

que lo fusilen junto a la Zarina Raisa y a cuatrocientos popes del Comité

Central. (Tampoco es mala idea poner en circulación una nueva Anastasia

escapada a Occidente. Suele dar de comer a pícaros y periodistas, dos razas

humanas inexorablemente complementarias).

Pero además, el señor Gorbachov parece entender muy poco de la

naturaleza humana y menos aún de las claves del poder en las sociedades

totalitarias regidas por un puñado de líderes omnímodos. ¿Por qué supone el

señor Gorbachov que se ingresa en el Partido Comunista? ¿Sólo para servir

desinteresadamente a la causa del proletariado, o también para tener acceso a la

universidad, a buenos trabajos, a un Lada, a una dasha y -si los aparatchiks lo

propician- a la fabulosa fantasía de viajar a Occidente?

En las sociedades capitalistas todo eso se resuelve obteniendo dinero. En

las sociedades comunistas se consigue ingresando en el Partido Comunista y

participando en la versión socialista de aquella rat race que decían los sociólogos

de la década de los sesenta.

En el capitalismo los espíritus inquietos se hacen empresarios o

revolucionarios. En el comunismo -en cambio- se hacen miembros del Partido o

disidentes. Pero -en cualquier caso- esos espíritus inquietos, porque se saben

diferentes, necesitan estímulos materiales y espirituales de distinta entidad a los

que recibe la inmensa y resignada mayoría que no tiene o padece las mismas

urgencias de destacarse, salir adelante y participar en el diseño del destino

personal.

Sin privilegios materiales o espirituales el poder no se entiende ni por

quienes lo ejercen ni por quienes lo sufren. A veces el privilegio puede ser un

símbolo mezquino -como un reloj Cartier , por ejemplo-, o algo tan abstracto

como la autoestimación o ego trip que se siente cuando se disfruta de una

benévola imagen pública, sin mencionar el botín sexual que la popularidad

suele llevar aparejado. En todo caso, el señor Gorbachov está tan condenado a

fracasar en su intento de limpiar el establo soviético, como lo han estado todos

los políticos que se han empeñado en una tarea similar. Desde la cúspide del

Kremlin es más fácil apretar los botones que destruyan el planeta que romper

las infinitas redes de favoritismo y privilegios controlados por ese cinco por

ciento de la población soviética que forma la jerarquía del Partido y del aparato

burocrático. Esos trece millones de ciudadanos que no van a dejarse arrebatar

así como así los frutos del poder.

En Occidente, sin embargo, la situación es diferente, porque los

gobiernos capitalistas -por lo menos los más ricos- han dejado de ser una fuente

primaria de asignación de privilegios y de símbolos de poder. Los yates, los

Rolex, las clínicas de lujo, los viajes de primera, la adulación y las amantes

forman parte de las empresas exitosas. Por razones económicas o materiales al

señor lacocca no puede interesarle la presidencia de los Estados Unidos,

simplemente porque él gana diez veces más que el señor Reagan, de la misma

manera que los sesenta mil dólares que devengan los congresistas

norteamericanos es poco más o menos la mitad de lo que percibe el gerente

general de una buena corporación estadounidense o europea.

El problema, pues, en Occidente, es casi opuesto al que atribula al señor

Gorbachov. En Washington, en Londres, y aún en sociedades capitalistas menos

ricas, como España o Puerto Rico, el gran quebradero de cabeza consiste en

cómo reclutar a los profesionales mejor dotados del país sin poder ofrecerles

símbolos o privilegios que sean capaces de seducirlos, cuando eso es,

precisamente, lo que les brinda la empresa privada. A lo mejor Gorbachov -si

descubre la paradoja- comienza a aprender cómo se atenúa el problema de la

falta de equidad. El secreto consiste en atomizar el poder y concederles a miles

de entidades autónomas la capacidad de asignar mayores privilegios que los

que otorga el gobierno. A la mejor por ese camino Gorbachov descubre el

capitalismo. Vaya usted a saber.

25 febrero 1986

7

El dilema del señor Gorbachov

El señor Gorbachov tiene dos problemas muy serios. El primero es que los

gallegos de Lugo- o de Pontevedra, ahora no recuerdo- afirman que este

caballero de calva hermosamente decorada desciende de un sujeto de apellido

Corbacho que emigró a Rusia hace tres generaciones. Si el dato es cierto la

cuestión puede ser muy grave, porque un gallego instalado en el Kremlin es

capaz de cosas tremendas.

El otro asunto tiene más miga. Como acaba de señalar Vladimiro

Bukovski en un magnífico ensayo publicado en Commentary, el Premier

Gorbachov tiene que elegir entre las dos grandes tendencias que dividen al

aparato de poder en la LRSS: o los pragmáticos o los dogmáticos.

Si Gorbachov opta por los pragmáticos -casi todos instalados en la

administración del Estado- liberaliza la economía, le da más juego al mercado y

permite la actividad privada -más o menos como ocurre en Hungría-, las

finanzas del país mejorarían sustancialmente y la URSS dejaría de atrasarse con

relación a Occidente. Sólo que el siguiente paso sería desmontar el sistema

comunista, un poco como parece estar ocurriendo en la vecina China. El

pragmatismo -dicen los críticos- salva la economía, pero a largo plazo mata el

sistema.

Si Gorbachov selecciona la postura dogmática -como Brezhnev, como

Stalin- el partido conservará el poder, pero gobernará sobre una sociedad cada

vez más comparativamente empobrecida, lo que, a largo plazo, también

significa el fin del sistema. No puede olvidarse que la legitimidad final del

marxismo radica en la presunción de que el comunismo es más eficiente y

enriquecedor que el capitalismo.

Según Bukovski -lúcido analista de la URSS- si triunfan los pragmáticos

el comunismo se desplomará víctima de la propia mecánica evolutiva de la

economía. Y si triunfan los dogmáticos el colapso sobrevendrá por la

ineficiencia relativa de los métodos de producción. Llegará un momento -Como

ocurrió en China con el ejemplo de Taiwan y Hong Kong- en que será imposible

continuar defendiendo un modelo económico tan terriblemente ineficaz.

Hasta ahora Gorbachov parece inclinarse por el bando pragmático. El

mismo es más administrador que un cuadro del Partido. Su mujer, en cambio,

es profesora de marxismo, pero tal vez eso sea una paradójica garantía. Desde

Pasteur se sabe que no hay mejor vacuna que cierta dosis del propio virus. A lo

mejor doña Raisa, de regreso de la cruel lectura de El Capital, contribuye a

quitarle la ilusión con las tonterías marxistas. Sin embargo, nadie sabe lo que

Gorbachov realmente piensa. Y eso, por cierto, es muy gallego. A lo mejor se lo

enseñó su abuelo.

3 noviembre 1986

8

La botella lanzada por Gorbachov

Es posible que el señor Gorbachov le esté pidiendo auxilio a Occidente. Por lo

menos esa llamada telefónica a Sajarov tiene todas las características simbólicas

de un mensaje dentro de una botella lanzada-quien-la-encuentre. Algo así

como: "Estoy dispuesto a hacer concesiones a cambio de tranquilidad en el frente

internacional. Necesito paz".

Probablemente Gorbachov es sincero. Y no porque se trate de un

criptocapitalista infiltrado en el Kremlin, sino porque sus prioridades son otras:

Gorbachov tiene una gigantesca batalla por delante -la modernización de la

economía soviética y el aumento de la productividad- y no quiere invertir

fuerzas o energías en otros frentes de combate. La cuenta es sencilla: entre 1970

y 1975 la fuerza laboral soviética creció un 6 %, las industrias extractivas un 26,

y las inversiones de capital nada menos que un 44; en los siguientes cinco años

esos índices se redujeron a un 6, un 10 y un 23; en el primer lustro de la década

de 1980 sólo alcanzaron el 3, e 5 y el 17. Entre 1986 y 1990 el declive será aún

mayor.

Es evidente que la economía soviética está en crisis, situación que se

refleja en graves síntomas de deterioro social; retroceso en los índices de

expectativa de vida y de mortalidad infantil, aumento del alcoholismo,

incremento del ausentismo laboral, de la delincuencia y de la corrupción

gubernamental. Por otra parte, resurge el nacionalismo en varias de las

repúblicas asiáticas y en algún caso aparece acompañado por la revitalización

del islamismo.

No hay duda; todos los indicadores de peligro parpadean en el cuadro

de mando del Kremlin. Nada de esto quiere decir que el país está abocado a una

revolución o a desmembrarse en una guerra civil, pero sí que hoy el objetivo

principal de cualquier gobernante responsable instalado en el trono de Lenin

debe ser restablecer la autoridad y poner de nuevo la economía en dirección de

la expansión y el progreso continuados. No puede olvidarse que la legitimidad

del marxismo -pese a las numerosas pruebas en contrario- emana de su

supuesta eficacia en la conducción de la economía. Y todos los sistemas tienen

un límite en la tolerancia a los fracasos.

Por eso el señor Gorbachov quiere fumar la pipa de la paz con Reagan,

con la OTAN y probablemente hasta con los desesperados guerrilleros de

Afganistán. Es el viejo dilema de los cañones o la mantequilla, y es -también- el

feroz encontronazo político que se lleva a cabo dentro de la URSS.

En los dos años que el camarada Gorbachov lleva a la cabeza de los

negocios rusos ha reemplazado al 40% del Consejo de Ministros, al 60 de los

puestos clave del Comité Central y a una quinta parte de toda la trama básica

del Partido. Eso significa, literalmente, decenas de miles de aparatchiks

separados de sus cargos y a una parte sustancial de la nomenklatura irritada y

rencorosa. Por supuesto, la purga administrativa no ha llegado al KGB ni al

aparato militar -que se mantienen prácticamente intactos- pero en una sociedad

como la soviética esos drásticos cambios de personal no se producen sin una

violenta sacudida que genera, instantáneamente, una legión de adversarios

intrigantes.

Obviamente, para callar a sus detractores -siempre escudados en la

defensa del dogma marxista- Gorbachov necesita, muy rápidamente, exhibir su

lista de éxitos. Esto -quizás- es lo que fue a buscar en Reijkiavik, y Reagan no le

concedió.

Tal vez el presidente norteamericano se equivocó. A le mejor la

inteligente es comprarle a Gorbachov algunas de sus ofertas de desarme, si eso

contribuye a su consolidación en el Kremlin. Pero -por supuesto- a cambio de

venderle otras mercancías. Por ejemplo, el total abandono de Nicaragua y de la

subversión centroamericana. Por ejemplo, la salida de las tropas cubanas de

Africa y el fin del apoyo soviético a los movimientos armados en el Tercer

Mundo, o por lo menos una moratoria de veinte años a la solidaridad

intemacionalista. Ese es un precio bajo para Gorbachov y –en cambio- tiene un

enorme peso político y militar para unos Estados Unidos que ni saben ni

pueden enfrentarse al reto revolucionario.

Al fin y al cabo no es mucho lo que se arriesga. Quienes argumentan que

es conveniente drenar la economía soviética obligando a Moscú a incurrir en

altos gastos militares, olvidan que con gastos militares o sin ellos, con reformas

o sin reformas, el sistema económico de la URSS seguirá siendo un desastre,

porque, sencillamente el modelo marxista de producción, fijación de precios y

asignación de recursos, es un perfecto y comprobado disparate.

Hay pues que recoger la botella lanzada por Gorbachov. No es cierto que

Moscú sea siempre igual. Stalin no fue igual que Kruschev. Gorbachov se

propone ser distinto a Brezhnev. Quizás el cambio nos beneficie a todos. Por lo

menos nada se pierde con intentarlo. Tal vez hasta se pueda ganar un período

sin tantos sobresaltos.

10 enero 1987

9

Reagan, Gorbachov y las burocracias incontrolables

Cuando el señor Reagan llegó a la Casa Blanca venía dispuesto a terminar con

el déficit fiscal. Ocho años más tarde. cuando la abandone, lo habrá triplicado.

Es cierto que ésa no fue la lección aprendida en Hollywood, donde la regla de

oro sigue siendo el happy end, pero ya David Stockman, ex-director de

presupuesto, explicó las razones con toda claridad: mientras las decisiones

económicas las sigan tomando los políticos por intereses electorales, no hay

forma humana de detener el gasto público y reducir la burocracia.

Al pobre señor Gorbachov le ocurre exactamente la mismo, pero

multiplicado por mil, porque su burocracia es aún más indómita. En el

vigésimo séptimo Congreso del Partido. Mijail Gorbachov anunció sus

proyectos renovadores y prometió impulsar la estancada economía soviética.

Luego puso en marcha ciertas reformas capitalistas y lanzó una campaña de

amenazas y sanciones para aumentar la producción mediante el viejo

procedimiento de darles palos a los borrachos, los vagos o los incapaces. Es

inconcebible que un país con dos veces y media el tamaño de los Estados

Unidos y 280 millones de habitantes, de los cuales 40 son agricultores, continúe

importando cereales de Argentina y haciendo cola a las puertas de las

panaderías.

En el Comité Central lo aplaudieron unánimemente. De pie y con esa

sonrisa pastosa y desvitalizada con que los soviéticos acompañan las palmadas.

Pero aplaudieron. Lo vienen haciendo desde que en 1920 a Lenin se le ocurrió

aliviar los horrores de la colectivización con cierta dosis de capitalismo,

contradicción a la que tuvo la audaz ocurrencia de llamarle Nueva Política

Económica. Lo vienen haciendo desde que Stalin en 1929 y en el 1931 proclamó

una estrategia definitiva para terminar con la burocracia parasitaria que

impedía la agilización de la economía. Lo han hecho con cada una de las 250

leyes y decretos promulgados en medio siglo para poner fin a la ineficiencia de

la agricultura.

Pero no sólo de aplausos vive el sistema. Hay que saber hacer algo más

que ruidos o pateos. El problema no puede estar en el consumo de vodka o en

la corrupción de los aparatchiks. Eso sería demasiado elemental, demasiado fácil.

El problema, el gran problema de la economía soviética, fue descrito por

Tatyana Zaslavskaya en un informe secreto que consiguió abrirse paso a

Occidente a lomo del Samyzdat, y en el que se explicaba y razonaba el origen del

mal: mientras las decisiones de carácter económico las tomen los políticos por

razones ajenas a la economía, la URSS seguirá siendo una superpotencia militar

con una economía del Tercer Mundo.

Evidentemente, Tatyana Zaslavskaya tiene razón, pero como suelen decir

los brasileros- "es poca y la poca que tiene de nada le sirve". Pocos meses después de

divulgado el informe, Ignatovsky, el celoso guardián de las esencias marxistas,

respondi6 desde la publicación oficial del Comité Central, la revista Kommunist:

Sí, tal vez ése sea el problema, pero no se puede traicionar el pensamiento de

Lenin. Las decisiones que deben prevalecer son las de carácter político. (El

marxismo y yo somos así, señor, debió decir el testarudo personaje).

Esto quiere decir que Mijail Gorbachov cuenta con muy pocas

posibilidades de tener éxito, a menos que voluntariamente se desmonte el

propio aparato que lo llevó al poder. Porque el mal está, precisamente, en el

Comité Central que regula y dicta pautas a todos los departamentos

económicos que rigen la vida soviética.

En la URSS, y en todos los países que desdichadamente han calcado el

modelo soviético, los ministerios y los organismos administrativos no hacen

otra cosa que ejecutar las directrices que emanan de los subcomités

especializados creados dentro del gran aparato central. ¿Es predecible el fin de

ese modelo de organización? ¿Es razonable esperar que alguien se ponga de pie

en el corazón del sistema y les diga a sus venerables camaradas que se vayan a

sus casas, porque lo que está mal es el papel que Lenin le asignó al Partido?

Hace medio siglo que los dirigentes comunistas saben que la crisis de la

agricultura se alivia o se resuelve ampliando los márgenes de la iniciativa

privada. Y saben que el caos productivo se termina delegando las decisiones

económicas en los gerentes. Y saben que la fórmula soviética para ponerles

precios a los productos y servicios a través del demencial Comité Estatal de

Precios, es un disparate sin sentido. Y saben que los periodos

extraordinariamente largos para amortizar las inversiones en bienes de equipo

mantienen la industria en perpetua decadencia. Pero para arreglar todo eso y

los mil problemas restantes, también saben que el Comité Central tendría que

hacerse el harakiri y la cúpula del poder autodisolverse o convertirse en un

amable casino de ancianos retirados. Yeso es tanto como pedirle peras al olmo o

sonidos de viento a la balalaika.

Gorbachov, en síntesis, no podrá hacer mucho. Pero tal vez lo consuele

reunirse con Reagan y escucharle al viejo actor la anécdota del creciente déficit

fiscal americano y la compulsión gastadora de su Congreso. Es lo que ocurre

cuando se deja algo tan serio como la administración del dinero al alcance de

los políticos. Ya sabemos que son como niños. En todas partes.

3 febrero 1987

10

Hay que pedirle a Gorbachov una moratoria revolucionaria

El señor Sajarov ha puesto el dedo en la llaga. En el foro reunido recientemente

en Moscú, ante la atenta mirada de Gorbachov, con voz pastosa, sin pasión,

como corresponde a un físico acostumbrado a proponer hipótesis científicas,

Sajarov ha dicho lo siguiente: [Como condición para el desarme y la paz

duradera] «Debe haber un arreglo de los conflictos regionales sobre la base de

la restauración de la estabilidad dondequiera que haya sido interrumpida. Y

debe terminar la ayuda a las fuerzas extremistas desestabilizadoras de todos los

grupos terroristas, y deben suprimirse todos los intentos de expandir las esferas

de influencia de cualquiera de las dos partes a costa de la otra».

Exacto. Esa es la clave de la paz y no el angustioso conteo de megatones

y rampas de lanzamiento de cohetes. Lo que trae a Occidente de cabeza, lo que

día a día resiente sus instituciones y crispa la convivencia ciudadana, no son las

remotas flotillas de bombarderos estratégicos, sino los secuestros de

industriales, los asesinatos de militares, políticos y magistrados, los sabotajes de

los servicios públicos, o los actos terroristas de los extremistas y la

desobediencia civil exteriorizada en huelgas salvajes. Lo que peligrosamente

enfrenta a Oriente y Occidente, lo que periódicamente pone en estado de alerta

los ejércitos de la OTAN y del Pacto de Varsovia, no son las confrontaciones

directas entre las superpotencias, sino las crisis surgidas de conflictos en los que

se dirime la expansión de la influencia de un bloque a expensas del otro. O,

para ser más exactos, la expansión del bloque soviético a costa del mundo no

soviético.

Porque prácticamente todos los encontronazos graves entre Oriente y

Occidente, todos los choques que han puesto al planeta al borde de la catástrofe

atómica han sido consecuencia de la lucha soviética por expandir su influencia

y su control: el bloqueo a Berlín a fines de los cuarenta, la guerra de Corea en

1950, la crisis cubana de los misiles en 1962, el triste episodio de Vietnam,

Nicaragua, Afganistán, Etiopía, Líbano, y un enorme etcétera que ya se

aproxima al polvorín sudafricano. Sería ridículo, absurdo, pactar con

Gorbachov la distensión y el desarme y no tener en cuenta estos factores.

Bien: es probable que el señor Gorbachov entienda estas razones. Lo que

resulta más problemático es que pueda atenderlas. Al fin y al cabo el

comunismo es una ideología de conquista, una jijad proletaria y justiciera

encaminada a crear cuanto antes el paraíso en la tierra y es muy difícil

renunciar a esta urgencia expansiva sin provocar un cisma entre los teólogos de

la secta. Todo reformismo tiene su límite y el del Kremlin pasa por el respeto

teórico al internacionalismo proletario y al papel rector de la Santa Madre Rusia.

Eso es sagrado.

Entonces, a cambio del desarme progresivo y del fin de la incosteable

carrera armamentista, hay que pedirle algo más razonable al ansioso señor

Gorbachov. Algo que él pueda justificar dentro del leninismo con la coartada de

que sólo se trata de un paso atrás para luego avanzar más rápidamente. Por

ejemplo, una moratoria revolucionaria. Un largo periodo de congelación de las

fronteras, de supresión de actividades encubiertas y de total inhibición ante las

revueltas que puedan ocurrir en el mundo no soviético. Veinticinco, treinta

años de total inactividad revolucionaria, sin ayudas pasivas o activas a los

grupos insurgentes, y sin ampliar oportunistamente la esfera de influencia

comunista al amparo de las convulsiones espontáneas que puedan darse en el

planeta.

Y eso no es todo, claro. También tendría que atar corto a sus locos. No es

posible la paz y el desarme con Gaddafi, Castro o Kim IL Sung sueltos. No se

trata de que Gorbachov, para desalojarlos del poder, lance sobre ellos sus

marines. o sus bateleros del Volga, sino que les advierta que no hay armas, ni

mercado, ni compra o venta de nada, a no ser que se comporten como tiranos

domésticos, quietecitos y juiciosos, sin otras víctimas que las de sus propios y

atribulados manicomios. Castro tendría que retirar sus tropas de Africa y de

Nicaragua. Gaddafi y Kim IL Sung tendrían que renunciar a sus internacionales

del terror, y Ortega, el tozudo muchacho de Managua --como todavía no ha

consolidado su poder-, debería verse obligado a cumplir con el proyecto

original de la revolución sandinista: neutralidad internacional, no

intervencionismo, libertad, pluralismo político y economía de mercado.

Para Europa, conmovida por el euroterrorismo, y sobre todo para

América Latina, la propuesta de Sajarov debería ser el punto de partida de un

riguroso esfuerzo diplomático sobre Washington y Moscú para que en las

rondas de Ginebra se incluya la moratoria revolucionaria de la URSS. Eso no

acabaría con la subversión en Chile -subversión que objetivamente favorece a

Pinochet-, eso no liquidaría a las guerrillas de El Salvador, Colombia, Perú,

Ecuador o Guatemala, pero le restaría casi todo su vigor. Eso no traería la

felicidad a la región, pero contribuiría a aliviar el crónico mal de inestabilidad

social que sufre el mundo hispánico desde que se instauraron las repúblicas en

el siglo XIX, y especialmente desde que en 1959 el señor Fidel Castro entró en

La Habana encaramado en un tanque como primera escala de su trayecto hacia

otras capitales más apetecibles.

3 abril 1987

11

Las lecciones de la crisis de los misiles

¿Por qué ocurrió la Crisis de los Misiles? ¿Qué aprendieron de aquel incidente

los actores del drama? Los datos básicos son estos: desde 1959 Fidel Castro

dirigía en La Habana un gobierno radical, de matiz totalitario, con declaradas

inclinaciones comunistas y rabiosamente dedicado a combatir los intereses

norteamericanos dentro y fuera de la Isla. Los Estados Unidos, en consecuencia,

se habían propuesto derrocarlo, y como resultado de esa pugna, el Máximo

Líder se fue acercando cada vez más a los soviéticos a la búsqueda de un

paraguas protector que le permitiera continuar impunemente su labor de

incansable revolucionario en un Tercer Mundo alborotado y rencoroso.

Dieciocho meses antes de la Crisis de los Misiles, el conflicto entre La

Habana y Washington había llegado a su punto más crítico: la fracasada

invasión de Bahía de Cochinos. En esa fecha, millar y medio de exiliados

cubanos desembarcaron en la costa sur de la Isla, sólo para ser abandonados a

su suerte, sin pertrechos ni protección aérea, por un vacilante presidente

norteamericano que, primero, no tuvo el coraje de desmantelar una operación

militar en la que no creía, y luego careció de valor para sostener a unos hombres

a los que había enviado a una cruel ratonera.

Pero después de Bahía de Cochinos, Castro se sintió más inseguro que

antes de que ocurriera la invasión. Su instinto político le decía que el próximo

intento de derrocamiento ya no se haría con exiliados o con adversarios

cubanos, sino con las fuerzas armadas de los Estados Unidos, enemigo contra el

cual el gobierno de La Habana no tenía la menor posibilidad de sobrevivir. Y

como Castro es audaz, pero no temerario -cuando Bahía de Cochinos siempre

estuvo listo, en Yucatán, un avión del mexicano Lázaro Cárdenas para sacarlo

del atolladero - forzó la vinculación militar con los soviéticos, a la búsqueda de

un seguro de vida, tanto para su revolución como para sí mismo.

No fue difícil convencer a Krushchev. El dirigente ruso estaba

persuadido de que John F. Kennedy era un líder débil como había demostrado

en Bahía de Cochinos, y como había vuelto a demostrar en la reciente reunión

de Viena sobre desarme. Y si Moscú conseguía colocar sus misiles en Cuba, a

noventa millas del territorio norteamericano, o si lograba instalar una base

aeronaval en las costas de la Isla, la capacidad de intimidación de la URSS sobre

los Estados Unidos se multiplicaba de una forma dramática. Si para Castro la

presencia de Moscú en la Isla era una garantía de impunidad, una patente de

corso, para Nikita Krushchev conseguir esa baza militar podía llegar a ser más o

menos lo mismo.

En septiembre los tres actores del drama dieron el primer paso en

dirección de la crisis. En ese mes, Castro, públicamente, anunció que daría

facilidades a los soviéticos para la construcción de una base aeronaval. Y

Kennedy, secretamente, decidió terminar de una vez con el molesto vecino,

antes de que llegaran los rusos, utilizando para ello a las Fuerzas

norteamericanas, aunque creando en su seno un cuerpo especial de unidades

cubanas compuestas por exiliados. En ese momento todavía no se sabía que en

la Isla se preparaban rampas desde las cuales se podían lanzar misiles atómicos

contra los Estados Unidos, pero se presumía que podían instalarlas en un futuro

próximo. Esto se confirmó un mes más tarde, el 15 de octubre, cuando los

aviones U-2 de reconocimiento trajeron las fotos de las bases lanzacohetes. Los

rusos ya habían llegado. Los rusos ya estaban en la Isla y muy pronto tendrían

la capacidad de amenazar a los Estados Unidos desde una mínima distancia. Lo

demás es historia. Hubo amenazas norteamericanas, negociaciones secretas, y

un acuerdo mediante el cual los soviéticos retiraban los misiles de Cuba, a

cambio de que los norteamericanos hicieran otro tanto con los Júpiter instalados

en Turquía, mientras se comprometían a no invadir la Isla.

¿Quién ganó y quién perdió en ese episodio? Aparentemente ganó

Washington y perdió Moscú, pero ambas conclusiones son inexactas. Kennedy

consiguió un triunfo puramente publicitario. Krushchev, que no ponía en juego,

realmente, nada importante, fue públicamente humillado, pero su influencia en

los asuntos mundiales no mermó en lo absoluto.

Sin embargo, Castro, a quien se trató de forma vejaminosa durante la

crisis, y a quien no se le consultó sobre el destino de los misiles, fue el único

factor que históricamente ganó algo concreto: la impunidad que buscaba para

actuar contra los intereses norteamericanos y para convertirse en un líder

intocable de la revolución planetaria tercermundista. Exactamente lo que

pretendía encontrar bajo el paraguas nuclear soviético lo obtuvo con el

compromiso que puso fin al peligroso enfrentamiento.

¿Y cuáles son las lecciones que pueden extraerse de estos sucesos? Los

norteamericanos aprendieron que la debilidad y la indecisión suelen provocar

males mayores. La Crisis de los Misiles se produjo porque el presidente

Kennedy no supo actuar acertadamente durante Bahía de Cochinos. Los

soviéticos tomaron nota de que era una peligrosa irresponsabilidad reclutar

militarmente a los impredecibles aliados tercermundistas, y más aún establecer

con ellos complicidades estratégicas que pudieran conducirlos a un

enfrentamiento con los Estados Unidos. No tenía el menor sentido arriesgar a

Moscú o a Leningrado por salvar a La Habana o a Managua. (Y mucho menos a

Granada, como se viera recientemente).

Y los cubanos también aprendieron lo suyo: que la URSS no era un aliado

fiable en caso de un conflicto con los Estados Unidos, pero también que la

historia -contrario a las leyes de la dialéctica marxista- a veces (o casi siempre)

era el resultado del azar. Y en esa oportunidad el azar los había favorecido. De

esa crisis, y gracias a esa crisis, han podido sobrevivir todos estos años.

3 noviembre 1987

12

Gorbachov divide a los disidentes

El señor Alexander Zinoviev no cree en Gorbachov. Quiero decir, no cree en la

perestroika ni en el glasnost ni en la paz de los sepulcros. Especialmente en la de

los sepulcros acumulados a lo largo y ancho del archipiélago Gulag. Zinoviev,

claro, es un filósofo y novelista laboriosamente avecindado en Munich tras una

larga batalla propagandística.

El señor Ivan Svitak tampoco cree en Gorbachov. Se trata de un fino

pensador checo, ácido y cortante, que preñó de ideas aquella ilusionada

primavera de 1968 cruelmente pisoteada por la gendarmería rusa. Y a Dorin

Tudioran le ocurre lo mismo. Hace apenas unos años tuvo que abandonar

Bulgaria y dejar atrás su bien ganado prestigio de escritor talentoso a cambio de

respirar en una atmósfera libre. Allí aprendió que los Estados comunistas, como

las suegras, no cambian nunca. A lo mejor se disfrazan, pero no cambian.

Sólo que hay otras voces diferentes. Los profesores yugoslavos Mihaldo

Markovic y Zagorka Golubovic son menos pesimistas. Ambos -por cierto- viven

en Belgrado y viajan al exterior a manifestar su inconformidad con el régimen

comunista. Ellos, y los húngaros Ferenc Feller y Agnes Heller, y la china

Shaomin Li, y otro puñado de valiosos disidentes, suponen que a largo plazo el

cambio es posible. Difícil, lleno de trampas, riesgoso, pero posible, porque los

Estados comunistas han llegado al final de la ratonera. O cambian y se reforman

en la dirección de la liberalización interna, o la brecha tecnológica y económica

con relación a las sociedades occidentales se hace insalvable.

Menudo lío ha creado el señor Gorbachov. No sólo tiene alterada a la

vieja guardia estalinista, y confundido al Departamento de Estado

norteamericano, sino también ha avivado el debate en las filas de la disidencia

anticomunista. Estamos en presencia de un perplejizador nato, horrendo

calificativo que se le atribuye de forma apócrifa a Mario Benedetti y a otro

escritor aún peor.

¿Qué pensar, Dios? El sentido común indica que no hay sistema o

institución invariable. La esencia de la vida es el cambio, la mutación, la

transformación de nosotros y de todo lo que nos rodea. ¿Cómo pensar,

entonces, que el comunismo escapa a esa regla? ¿No intentó cambiar el

comunismo checo, o el polaco, o el alemán? ¿No está cambiando, ante nuestros

ojos, el comunismo chino bajo la dirección de Den Xiaoping? ¿Se puede negar

que es un país diferente una Hungría en la que Imre Poszgay, el segundo al

mando, está advirtiendo que en el futuro habrá que compartir el poder con

grupos de oposición no marxistas? Si esto es así ¿por qué no va a cambiar el

comunismo soviético? ¿Por qué, dentro de cada Premierruso, como si fuera una

siniestra matrushka, tiene siempre que existir un pequeño Stalin, y otro, y otro,

y otro?

Sin embargo, el sentido común a veces manda mensajes contradictorios.

Es cierto que los Estados marxistas son pesadillas grises, hechas de torpezas y

de alambre de espino, infinitamente más inhabitables que las sociedades

occidentales, pero también es cierto que esos Estados totalitarios mantienen

bien alimentados y con todos los recursos a los miembros de la nomenklatura.

¿Van a renunciar al poder y a los privilegios los partidos comunistas? ¿ Van a

admitir que el marxismo es una curiosa superstición minuciosamente

equivocada?

Porque la clave del fracaso de los Estados comunistas radica no sólo en el

modelo de organización político-administrativa, sino también en los

fundamentos teóricos: el marxismo no sirve para gobernar eficientemente, ni

sirve como método de análisis, y mucho menos como marco filosófico. (El

marxismo sólo sirve para conversar en las cafeterías cuando se tiene más de

quince años y menos de veinte, o cuando se padece un tonteroma ideológico

irreversible). Y el problema consiste en que si el señor Gorbachov está hablando

en serio, y si los reformistas del Este se proponen realmente llegar al fondo del

asunto, a largo plazo el comunismo sería erradicado y sus partidarios

desalojados del poder ¿puede esperarse, razonablemente, que esto ocurra? ¿Es

lógico apostar por el suicidio pacífico y sin rebeldía de toda una clase dirigente,

legendariamente notoria por su fanatismo y por su falta de piedad con el

adversario político? De ahí el vibrante debate que sacude a los disidentes. Como

dicen los malos escritores, Gorbachov nos ha perplejizado a todos. Y en rigor

nadie sabe cómo y cuándo va a acabar la fiesta. O si de veras la fiesta se va a

terminar algún día de una maldita vez.